Creo que voy a dejar de usar esta plataforma para despedirme de los personajes que se marchan. Estamos en el punto en el que los que aún no se han ido están a un paso de hacerlo, y volver constantemente a esa actitud de despedida (que es también de pérdida) resulta muy dramático.
De Hockney he hablado aquí en otras ocasiones. Durante más de 50 años ha creado obras que no han dejado de deslumbrarme, ha expresado opiniones que me han parecido síntesis de grandes discursos, ha tenido cambios que me han demostrado que la coherencia interior trasciende a cualquier golpe de timón. Ha sido una enciclopedia.
Este tipo de despedidas tienen mucho de homenaje, y es así porque no hay que permitir que un adiós acabe con el brillo del héroe, del líder o del mito. Ellos son lo que son precisamente por ser inmortales.
Este es el punto: lo que nos llamó la atención de ellos es algo que quedó grabado en nuestro corazón o en nuestra alma y que es mucho más duradero de los cuerpos que van echándose a perder. Todos nos vamos deteriorando y hay que resistirse a que tal declive físico deteriore también el enorme atractivo, al gran destello, que nos llevó en su momento a encumbrar a alguien.
No amamos la belleza sino a los sentimientos que provoca, y eso nos pasa con personas, con obras de arte o con situaciones, que dejan una marca en nuestras vidas independientemente de lo que sea después de ellas.
Hockney mantiene su belleza personal como todas sus obras, y sigue siendo una referencia en muchos más ámbitos que los meramente artísticos, es un anclaje que me acompaña como las copias de tantos de sus cuadros que cuelgan en las paredes de mi casa.
Adiós gran artista, adiós personaje. Has hecho muchísimo por mí y te lo agradeceré siempre.




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